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viernes, 30 de junio de 2017

La pesca trágica (Paisajes cubanos)


De nuevo buceamos en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España para traeros esta pequeña joya. Procede de Por esos mundos, una revista ilustrada editada en Madrid durante el primer cuarto del siglo XX, entre 1900 y 1926. Este artículo apareció en el número 216, del 1 de enero de 1913, en su apartado Viajes y costumbres, páginas 29 a 31.
     Como siempre, transcribo fielmente el original, sin actualizar grafías, ortografía ni puntuación, con el objetivo de conservar ese sabor a viejo que tanto nos gusta.

PAISAJES CUBANOS. LA PESCA TRÁGICA

Diariamente, al romper la aurora, unas veces á las seis, otras á las siete, según la estación, sale de la bahía de la Habana el remolcador que arrastra mar adentro la gigantesca gabarra donde los carros encargados de la limpieza fueron amontonando, durante el lento transcurso de la noche, los detritus de la capital.
     El vaporcillo avanza intrépido, repitiendo ante las olas, con su movimiento de popa á proa, una especie de voluntariosa afirmación, y su chimenea humeante traza un brochazo blanco en la alegría azul de la mañana. Tras él, á corta distancia, va la gabarra: aparece medio hundida, como jadeante, bajo el peso de las basuras que el sol naciente pinta de amarillo; y aquellas inmundicias forman una pirámide de varios metros de altitud, un á modo de peñón flotante, cachazudo, entre la inmensidad verdosa del Océano y la canción esplendorosa hecha con añil y diamantes, del cielo tropical.
     El remolcador camina algunos momentos paralelamente á la costa y endereza luego su rumbo hacia el sitio que barre la corriente mundial del Golf-Stream [sic], corriente formidable, peregrina de todas las latitudes, que parece llevar consigo alguna recóndita inquietud del planeta. Una vez allí, el vaporcillo se detiene, y sobre el alboroto de aquellas olas andariegas, los tripulantes de la gabarra abren unas compuertas, y el agua invade rápidamente el interior del enorme lanchón, vencido bajo pesadumbre tanta; éste va tumbándose hasta que, de pronto, el promontorio de basuras, vestido generosamente de oro por el sol, se resquebraja y desconcierta, pierde su equilibro y cae al mar; la caída es terminante, á plomo. Después, el remolcador, dando una airosa media vuelta, emprende el regreso á la bahía, y la gabarra, completamente deslastrada, brinca alegre y grotesca sobre las aguas, con una alegría de animal que vuelve del trabajo.
     Las inmundicias quedan allí vaheando al sol un aliento de muerte, y poco á poco van dispersándose, azotadas por la impaciencia nerviosa del oleaje y del viento; algunas desaparecen pronto en el abismo; las demás, arrastradas por las ondas filantes, derivan hacia el Norte, tendiendo sobre el mar un camino pestífero, de muchos kilómetros.
     Los tiburones no faltan nunca á este copioso festín; llegan en legiones, y allí es donde los marineros, conocedores de sus mañas, acuden á pescarlos.
     Allí también fuímos nosotros, embarcados en un botecillo de doce pies de eslora. Éramos cinco. Arrióse la vela, y situados á barlovento para evitar las emanaciones malsanas de las basuras, comenzamos á preparar los anzuelos. El calor no molestaba aún; la brisa mañanera, fresca, retozona, peinaba con sus ágiles dedos la crestería espumeante de las olas; lejos, á una distancia mayor de seis millas, aparecían los bélicos perfiles del Morro y la Cabaña, y más allá, hacia poniente, el pintoresco caserío habanero, tendido gozosamente á lo largo de la plaza, bajo la magnificencia religiosa del sol.
     Un silencio absoluto rodeaba nuestra barquilla, pequeña, blanca, frágil, meciéndose rítmicamente sobre el abismo como una cuna. Los terribles escualos, reyes del mar Caribe, á cuya voracidad va unida una fiera leyenda de sangre, voltigeaban á nuestro alrededor como revolcándose entre los montones de basura; sus aletas dorsales, bruñidas por la luz, al cortar veloces el cristal de las aguas tranquilas, dejaban tras sí un rastro de espumas; se hundían, volvían á la superficie, trastornados por el regocijo de su digestión; algunos se aproximaban á nuestro esquife, cual si adivinasen que allí también había una presa. Inclinados sobre la borda los veíamos pasar suspendidos en la penumbra verdeante del abismo, con sus cabezas achatadas y enormes, el formidable timón de su cola y sus grandes aletas pectorales, dotadas de supremo vigor. La muerte nos rondaba, y esto me producía la exquisita emoción de terror que inspiran las simas.
     Al decir de los pescadores familiarizados con ellos, los había de muchas clases: zorros, cornudos, dientuzos, pintarrojos, alecrines, cabezas de batea... etc., toda una nomenclatura gráfica y colorista, que seguramente no figura en ningún tratado de Historia Natural.

     Los anzuelos, cebados con doradas carnazas, flotaban á una profundidad de quince ó veinte metros, y aquellas carnazas, irisadas extrañamente por la luz, tenían la alegría triunfal de las esmeraldas. Los marineros nos aconsejaban:
     —Cuando un tiburón "pica" hay que "darle cordel", porque el animal, al sentirse herido, se hunde instantáneamente, y es inútil y temerario sujetarlo.
     Y añadían:
    —Son muchos los pescadores que por hacerlo así fueron precipitados al mar... y no volvieron.
     Estas historias trágicas, sin gritos, desarrolladas en el silencio —silencio de infinito— del Océano, exacerbaban mi inquietud. Arrodillados sobre las bordas temblequeantes del bote, todos mirábamos hacia el abismo, el alma entera puesta en las carnazas verdes y brillantes. Los escualos se acercaban á ellas, alejábanse lentamente, volvían de nuevo, fluctuando quizás entre su glotonería inexhausta y el presentimiento de un peligro. Nadie hablaba á bordo. Los últimos montones de basura, arrastrados por el Golf-Stream, desaparecieron en el horizonte; el viento se había "echado"; cegaba la luz; abrasaba el sol; ya no se veía la costa; una luminosidad indescriptible, genuinamente tropical, flotaba sobre la superficie reverberadora, con reverberación furiosa del Océano dormido.
     Transcurrió otra hora, de angustiosa espera; los tiburones no se iban, pero tampoco parecían propicios al ataque. ¿Qué extraño recelo agitaba sus cerebros obscuros?...
     De pronto, uno de ellos, el más grande, se decidió; yo lo ví acercarse velozmente, dar una media vuelta que puso en un instante al sol la blancura de su vientre, y cómo en su bocaza, defendida por una triple fila de dientes, se apagaba la luz verde de la carnaza mortal. Inmediatamente el animal se hundió; más de cien metros de cuerda se llevó tras sí; luego, apenas sentimos que aquel primer impulso de fuga cesaba, todos, á la vez, empezamos a recobrar el cordel; el enemigo, trastornado por el dolor, volvía á la superficie; el botecillo, sin embargo, oscilaba rudamente bajo el esfuerzo de nuestros pies. Ya el tiburón estaba muy cerca, y sus aletas yacían abiertas, en gesto de súplica, cuando reaccionó; la claridad diurna le había despertado. Dió un coletazo formidable y tornó á hundirse. Lo dejamos ir. Así, cobardemente, permitiéndole marcharse unas veces y tirando de él otras, conseguimos fatigarlo.
     Miré á mis compañeros: les hallé graves, los labios contraídos, el ceño adusto, cual si aquel verdadero duelo á muerte comprometiese su dignidad; mascullaban los marineros palabras insultantes, y con el dorso de sus manos velludas restañaban el sudor que empapaban sus frentes. Era algo primitivo, sanguinario, evocador de los combates del hombre ancestral.

     Mucho tiempo duró la pelea. Al cabo, merced á terribles esfuerzos, el animal fué izado casi á la altura de la borda. El drama iba á tocar á desenlazarse. Mientras todos, agarrados al cordel del anzuelo, resistíamos los esfuerzos de la víctima, un marinero levantó entre sus brazos nervudos una barra de hierro, aguzada en forma de lanza, y esgrimiéndola cual si fuera un arpón, la clavó en el cráneo del escualo. Hubo un chirriar de huesos rotos, pero el hierro entró apenas; el segundo y el tercer golpe también fueron infructuosos. Loco de dolor, el tiburón se defendía, amenazando arrastrar el liviano bote tras sí, y su cola azotaba furiosa las aguas, levantando remolinos espumosos; todos estábamos empapados en agua y sudor, anhelantes, congestionados bajo el sol, que echaba sobre nuestras espaldas su abrazo de fuego.
     La barra de hierro, al fin, perforó los huesos del animal, que quedó suspendido de ella como de una ménsula. Otro marinero, entretanto, le rompía los dientes con una maza. Pero los estremecimientos agónicos del tiburón son temibles; era preciso desarmarle. Salieron á relucir los cuchillos y, en un santiamén, le cortamos la cola y las aletas, de donde aseguran los chinos que se obtiene un caldo excelente.
     No olvidaré nunca la expresión de aquella cabezota enorme, en cuya bocaza desquijarada por los golpes y en sus ojos inmóviles, amarillentos, la muerte extendía su majestad lívida. Después, la presa, viva aún, se hundió en el abismo.
     Enardecidos por el buen éxito del combate, preparamos de nuevo los anzuelos, y esperamos. La suerte tornó á favorecernos; cobramos otra pieza.

     A las tres de la tarde, tras nueve horas de lucha, volvíamos á tierra, tostados por el sol y la agria reverberación marina. El viento cantaba en la hinchada vela y el bote inclinábase gallardo sobre una de sus bandas; las aguas murmujeaban apacibles bajo el timón.
     Todos íbamos contentos, cual si aquellas escenas de sangre hubiesen servido de recreo á esa fiera que los hombres, aun los más mansos, llevan dentro. Y es que, repartida como se halla nuestra naturaleza entre las emociones antagónicas del Amor y la Muerte, no sabemos qué nos divierte más: si un placer ó un peligro.

Eduardo ZAMACOIS

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